El Quinto Dragón

La Bruja

Paulina Aguilar Gutiérrez

 Convertirme en lo que soy fue inevitable, aunque no siempre fui así. Alguna vez fui una chiquilla salvaje que vivía junto al mar, sin futuro y sin magia.

Lo crean o no, hay noches en que añoro esos días sin complicaciones, hay noches en las que me gustaría volver a casa y dejar de ser lo que soy.

Apenas si recuerdo esos tiempos; los días antes de Jan. ¿Cómo era todo antes de su llegada?

Nuestras existencias están tan ligadas la una con la otra, que todos mis recuerdos antes de él aparecen y desaparecen a su antojo. Tenía quince años la legendaria noche en que el cielo de la Isla del Sur se iluminó por completo al llover estrellas por todo el firmamento. Jamás hubiese sospechado que mi vida cambiaría de manera tan radical e incluso ahora me pregunto qué hubiera pasado si, la noche en que su imagen se clavó en mi pensamiento,

yo no hubiera tomado el papel y escrito lo que veía en mi cabeza. Dos años atrás, recién llegada a las Islas, no hubiera tenido motivos para hacerlo.

Tenía trece años la primera vez que pisé Puerto Esmeralda. Me sentía muy asustada porque mi mente estaba vacía. Angustiada, vagaba por las calles del pueblo tratando inútilmente de recordar cualquier cosa que me diera una pista de hacia dónde ir. Entre tanta gente, me hubiese gustado hacer preguntas; sin embargo, no sabía qué era lo que podía preguntar. Tenía miedo. Me reduje a la condición de mendiga y, en ese deplorable estado y con el estómago vacío de días, fue como llegué a los alrededores del campo kichéh. Así me encontraron Matilde y Sebastián, tirada cerca de la playa y muerta de sed.

Eran hermanos, tenían ocho y nueve años respectivamente y vivían y trabajaban en el campo kichéh porque pertenecían a esa tribu. Cuando vieron aquel bulto que era yo, tal vez los movió la compasión o hasta la misma curiosidad para ayudarme. Fueron ellos quienes me llevaron agua y algo de comer y quienes además me encontraron asilo.

–Sólo dile a la bruja que te llamas Abigail, eso bastará para que te deje quedar en su casa –me aconsejó Matilde sonriendo muy traviesa.

A quien ellos llamaban bruja era una anciana que vivía a las afueras del pueblo, muy cerca de la playa y del campo kichéh. Me dijeron que era una mujer inofensiva y que a veces les regalaba frutas de su pequeña huerta. En cuanto a su consejo, no supe qué hacer. Todos en Puerto Esmeralda sabían que Abigail era el nombre de la hija de aquella anciana y que hacía más de diez años se había ido para no volver.

Cuando Matilde, Sebastián y yo tocamos a la desgastada puerta azul de la bruja, me sentí culpable por usurpar un nombre que no era mío y fui incapaz de decirlo. Fueron los niños quienes hablaron por mí y le contaron mi penosa situación,

mientras yo permanecía callada y con la mirada en el suelo.

–¿Cómo te llamas? –fue lo primero que me preguntó con su voz sonora y malhumorada, que delataba su carácter fuerte.

No pude decir lo que Matilde me aconsejó y, a pesar de lo ridículo que sonaba, no me quedó más que contestar con la verdad:

–No lo sé.

–Entonces habrá que ponerte un nombre –advirtió con las manos en su cintura flaca–. Te llamarás Abi.

Desde ese día, Abi fue mi nombre. No sería la última persona a la que la abuela bautizaría; un par de años más tarde, también lo haría con un chico que llegó a la casa en condiciones muy parecidas a las mías.

Me acostumbré a la abuela y ella a mi presencia. Vivíamos en una casita que parecía tener

siglos de antigüedad, pero que nos bastaba para las dos solas. La abuela era una mujer rara. En el pueblo todos la catalogaban de bruja debido a sus túnicas viejas y coloridas, sus múltiples collares hechos de conchas de mar y su sonrisa sin dientes, que era lo que más asustaba, en especial a los niños. No obstante, yo estaba segura de que mi abuela era buena; me cuidaba y se aseguraba de que no me faltase nada, sin importar que yo no fuera su nieta de verdad. Yo la quería, a pesar de mi comportamiento de niña, porque era cierto que en ese entonces no había nadie más a quien querer. No había padres ni hermanos; yo no tenía familia.

A mi abuela acudían los pescadores de piel tostada, quienes con frecuencia venían en busca de un amuleto que evitara que se los tragara el mar, y las mujeres de ojos brillantes que buscaban una hechicera con la esperanza de obtener un conjuro que les concediera el amor de algún hombre.

Con manos temblorosas, las señoras sujetaban su bolso o jugueteaban con sus collares de perlas, tan blancos como su piel. Los pescadores se quitaban sus sombreros de paja gastada y, nerviosos, miraban alrededor de la casa. Todos ellos apenas si se atrevían a mirarme; yo sólo era un animalito polvoriento e insignificante de piel rojiza y cabello enmarañado. Digna nieta de una vieja loca. Mi falta de entusiasmo por la limpieza y el arreglo personal no los aprendí de mi abuela; por el contrario, la pobre se cansaba de perseguirme primero

por los alrededores de la casa, después por toda la playa para que me lavara.

–¡Mírate, niña cochina! –exclamaba llena de furia al verme llegar cubierta de mugre de pies a cabeza después de haber pasado toda la tarde con Matilde y Sebastián–.

¡Pareces una chiva loca!

Yo sonreía satisfecha al escuchar sus palabras; había logrado mi cometido. Sin embargo, no siempre ganaba las batallas. Había días en los que la astuta mujer me agarraba desprevenida y me metía por la fuerza en la improvisada tina de madera que ella misma utilizaba para bañarse. Con sus manos poderosas y rugosas por el trabajo y la edad, tallaba mi cabeza con jabón, hasta que me dolía. No sólo se conformaba con bañarme; la muy malvada me torturaba cepillando mi cabello y vistiéndome con las mejores ropas que poseía: un viejo vestido blanco de algodón que ella misma había confeccionado, aunque no para mí.

–Voy a hacerte uno nuevo –proponía cada vez que me lo veía puesto–. Estás creciendo muy rápido, Abigail.

Ése no era mi nombre ni mi vestido. Abigail era el nombre de la hija desaparecida de la anciana. La abuela decía que me parecía mucho a ella. Que tenía el mismo cabello oscuro y pesado; la piel blanca, aunque la mía se había tornado rojiza; los brazos largos y el rasgo más característico: los extraños ojos color dorado. Era a su hija a quien mi abuela advertía cada vez que me bañaba y me vestía con ese atuendo. Cuando me miraba en el espejo en esas condiciones, incluso yo la veía y a veces me asustaba encontrar a su fantasma en lugar de mi reflejo. Yo era una copia o un intento de fantasma y ésa era la única razón por la que mi abuela dejaba que me quedara en su casa. Eso no me preocupaba. Mientras tuviera un lugar donde vivir y algo de comer, estaba bien.

No había nadie más que me diera asilo; la gente del pueblo me tenía miedo. Desde el día en que aparecí en este lugar comenzó el rumor de que yo era una bruja. Lo gracioso fue que no era precisamente la reputación de mi abuela lo que me ganó el título de hechicera, sino el color de mis ojos, un rasgo físico poco común. Al principio me molestaba, pero después dejó de importarme. Yo no era una bruja, no tenía poderes mágicos ni podía convertir a nadie en sapo ni volar por las noches.

De cualquier forma todos huían de mí como si fuera la peste. Ni siquiera me dejaban acercarme a trabajar a los sembradíos como los peones de la tribu kichéh; decían que traía mala suerte. Sólo por eso Matilde y Sebastián, mis únicos amigos, debían escaparse para verme. Los kichéh eran el último grupo nativo de la Isla del Sur; en algún momento, muchos siglos antes de que otros grupos llegaran, ellos gobernaron las Islas. Ahora sólo eran peones mal pagados, casi esclavos, considerados animales por su piel oscura y sus dialectos desconocidos. Lo poco o mucho que pude averiguar de ellos me lo contaron Matilde y Sebastián, quienes eran kichéh puros, y la abuela, que era mitad kichéh y jamás me habló directamente de ellos, sino por medio de las leyendas que me contaba. ¡Parecían tan reales! A pesar de que había dragones, dioses, magia, fuego y demás seres y situaciones fantásticas, para mí esas historias eran reales. Sus leyendas eran, además, mi único medio de educación; de ninguna manera iban a dejar que una bruja se juntara con los otros chicos. Jamás me permitirían ir a la escuela. Matilde y Sebastián iban casi a diario a jugar conmigo. Tenía nueve años otra vez y no me preocupaba correr como loca por la playa o ensuciarme de pies a cabeza; con ellos y con mi abuela era feliz. Así transcurrieron mis primeros dos años en las Islas. A los quince, no tenía más deseos y aspiraciones que ver el interminable ir y venir de las olas; sentir la humedad, el calor de las tardes y el aroma de la sal. Era una chica poco educada, con mala reputación, medio sucia, que pasaba los días ayudando a su abuela en la pequeña huerta detrás de la casa y jugando como niña con sus dos únicos amigos. Dehaber seguido así, de seguro hubiese vivido el resto de mis días en un pueblo congelado en el tiempo. Mucho de eso cambió precisamente a consecuencia de la noche en que yo conjuré una imagen en papel y mi abuela me habló acerca de la marea. –El mar se escucha alborotado –me advirtió–, mantente alejada de él. Los días tranquilos de niña que viví en Puerto Esmeralda estaban por terminar. Me aguardaba una sorpresa, un don fantástico y oculto, que se encontraba dentro de mí, ansioso por salir a la superficie.

Todo comenzó cuando me enteré de que Matilde y Sebastián no sabían leer. Por ser kichéh

se les tenía prohibido aprender. Con seguridad alguien tuvo la fabulosa idea de que, entre más ignorantes fueran, menos protestarían y más ventaja se sacaría de ellos. A mis dos amigos poco les importaba; sus padres, sus abuelos y bisabuelos habían sido analfabetos toda la vida. Sabían cuál era su destino y lugar en el mundo: al lado de la gente de su tribu, trabajando todo el día en el campo. Eso es lo que su gente había hecho durante siglos y ¿quiénes eran ellos para desafiar ese orden? Por eso cuando les propuse enseñarlos a escribir, ambos hermanos se miraron el uno al otro preocupados, como si estuvieran a punto de traicionar a su gente. A mí me entristecía pensar en el futuro que les esperaba a ambos, y, aunque aprender a leer y escribir no era la solución a su destino, sí era el primer paso para querer escapar de él. Matilde usaba dos largas trenzas oscuras que se movían de un lado a otro, tan contentas como su dueña; tenía una sonrisa de dientes chuecos y una risa contagiosa; sus manos y sus pies eran chiquitos como ella, y su abuelo la llamaba “pulga” porque saltaba de un lado a otro sin parar. Su hermano Sebastián era más bien callado. Prefería ver a sus pies o a sus manos en lugar de ver a la gente a los ojos y, por ser un año mayor que Matilde, sus padres le habían encomendado la tarea de cuidar a su hermana. A él le tocaba tomar la decisión de aprender a leer o no y Matilde seguiría sus instrucciones, aunque antes intentaría convencerlo de lo que quería. Cuando ambos aceptaron, tenían la expresión de un ladrón primerizo, como si ellos le fuesen a robar letras y palabras a alguien más. Por eso decidí que sentarse horas y horas a repetir letras sobre un papel no era la mejor forma de comenzar. En lugar de eso, empezamos trazando las vocales

y consonantes sobre la arena. Con una rama caída dibujamos primero una “A” gigantesca, que nos causó risa a los tres, y luego las demás vocales durante días, para luego escribir todo el abecedario completo en un largo camino de arena, justo al lado de tres pares de huellas. Para escribir palabras comenzamos a utilizar papel, aunque nuestras clases siguieron siendo al aire libre. Ambos chicos progresaban rápidamente y fue eso lo que me acercó a descubrir ese misterioso poder que jamás había sospechado tener. Al principio no lo noté porque apenas si escribía unas cuantas líneas al día, lo suficiente para que Matilde y Sebastián leyeran y las repitieran; sin embargo, pronto me di cuenta de que ellos necesitaban algo más. No había libros en casa de la abuela y a los kichéh se los tenían prohibidos. Fue así como empecé a escribir pequeñas historias para ellos. No recordaba ningún cuento; en mi mente sólo estaban las leyendas kichéh que ellos mismos y la abuela

me habían contado. Pensé que yo también podía darles historias fabulosas y nuevas, aunque en realidad no era muy buena en ello; en lugar de dragones, espíritus y dioses antiguos, mis cuentos eran pequeños y sencillos. A los niños no les parecían tan malos; pensaban que era divertido encontrarse a sí mismos plasmados en papel y dibujados con palabras. Mis cuentos siempre eran acerca de ellos dos, jugando, trabajando y viviendo como

lo hacían. La noche en que mi abuela me advirtió acerca del mar, algo extraño me impulsó a escribir una historia diferente. Para empezar, yo ya estaba en la cama y escuchaba el sonido de la marea intranquila. Por lo general, me dormía en cuanto tocaba la almohada, pero esa vez di vueltas durante lo que me parecieron horas, enredada en las sábanas, con un calor asfixiante y una imagen fija en mi mente: la sombra de un chico que salía de las aguas. Por más que intentaba concentrarme en otra cosa, volvía siempre a la misma imagen que cada vez se hacía más y más clara. Cuando ya no pude más y me empezaron a temblar las manos, decidí poner en papel lo que veía; no tenía sentido, pero, tal vez si estaba escrito, desaparecería de mi cabeza. En el papel, llovían estrellas fugaces una tras otra como si fueran gotas de agua y un misterioso chico emergía del mar: no sabía su nombre ni cómo había llegado a las Islas. Era apenas un cuento sin forma ni sentido, sin motivos ni un conflicto que resolver; tampoco tenía un final, únicamente existía porque me había atacado y no lograba librarme de él: no obstante, ahí estaba.

Fue así como Jan llegó a Puerto Esmeralda. Cada una de las palabras que yo había escrito su cedieron la noche en que lo conocí; lo vi salir del mar, como si de allí hubiese nacido. Me escondí detrás de unas plantas y corrí a él cuando lo vi caer muerto.

4 comentarios to “”

  1. Sthephany Says:

    Feliz tarde, en mi blog hemos realizado una pequeña entrevista a Paulina Aguilar, autora de “El quinto dragón”… Espero les guste!!

    http://literaturasinigual.blogspot.com/2010/08/entrevista-paulina-aguilar-g-autora-de.html

  2. Rosa Mota Says:

    Esta historia me envolvio, apenas al comenzar a leerla me encontre sumergida en el lugar e involucrada con la chica que narra.
    Me gusta la historia voy a comprar el libro se ve interesante

  3. Carmen Julia Diaz Says:

    Es espectacular la narrativa, te envuelve dede que lo comiezas a leer, pues te sientes parte de la historia… Es estupendo, voy a comprar este libro

  4. Reinaldo LopezG. Says:

    me parece muy interesante este blog saludos!

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